CAPÍTULO
4
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Pasaron dos días de completa calma y silencio hasta que, la noche del tercer día, Laizen recibió una visita.
Él se encontraba haciendo flexiones en el suelo, tratando de mantener su musculatura y no perder demasiado mientras estaba allí encerrado.
—No deberíais forzaros demasiado con el estómago vacío —dijo una voz suave, a la vez que fría—. Vais a autodestruiros.
—Esta vez te escuché llegar —advirtió, observando a aquella sirvienta.
—No está bien mentir.
Él sonrió, levantándose del suelo con agilidad, demasiada para alguien que llevaba casi tres días completos sin llevarse nada a la boca. La sirvienta portaba una enorme bandeja que necesitaba cargar con ambas manos, el olor a comida le llegaba aunque esta estuviera cubierta por un extraño recipiente circular de metal.
Ella dejó la bandeja en el suelo, introdujo su mano en un bolsillo y extrajo una llave, dirigiéndose a la puerta.
—¿Qué pretendes?
—Voy a darle de comer.
—¿Tenerme tres días sin comer para después ofrecerme un banquete? ¿Quiere convencerme así para que le ofrezca mi fuerza? Esa perra es realmente retorcida.
La sirvienta suspiró.
—No es de parte de la princesa.
—¿Entonces?
—Lo he robado de la cocina. —En ese momento, se escuchó un crujido y la puerta se abrió—. Os traeré la cena todos los días a partir de hoy, deberéis comeros todo lo que os traiga y me llevaré las sobras. Nadie puede enterarse de esto.
Los ojos de Laizen se abrieron de par en par mientras este había comenzado a salivar.
La sirvienta entró aquella bandeja y encajó la puerta a sus espaldas, tras eso, se sentó frente a él y reveló el contenido de su interior; un pollo asado, estaba entero, su piel dorada y crujiente aceleró el corazón del joven hasta el punto de casi darle un infarto. Este pollo iba acompañado de cuatro patatas rostizadas, dos manzanas también que parecían hechas al horno. Al lado también había un bol de arroz salteado con verduras y dos jarras de un litro cada una, una de ellas de agua y otra de zumo que parecía ser de naranja.
—¿Por... por qué hay tanta comida?
—Las cocineras siempre hacen de más, por las noches hay banquetes todos los días, por lo que siempre sobra comida. Todo lo sobrante se lo comen después los trabajadores del castillo y, las sobras de las sobras, se dan a los pobres. Nadie se dará cuenta de que me llevo esto, incluso si lo hago a diario. —Mientras decía aquello, la sirvienta tomó el tenedor y el cuchillo que llevaba y comenzó a cortar el pollo, tras unos segundos, le ofreció la comida directamente en la boca.
Laizen observó sus manos, al estar atadas con las palmas de las manos mirando hacia abajo podía hacer flexiones, pero no podía tomar cubiertos para comer.
—Abra la boca —replicó la chica—. Coma.
Él obedeció, con cierta incomodidad, pero ella fue delicada al momento de dársela.
El sabor del pollo junto con la grasa y el jugo que lo embadurnaba inundaron por completo sus sentidos, se notaba que no estaba recién hecho, pues la cena debería de haber terminado hacía ya tres o cuatro horas, pero seguía estando delicioso.
—Está muy rico, gracias, Sari.
Aquellas palabras sorprendieron a la sirvienta.
—¿Sabéis cómo me llamo?
—Nayori dijo tu nombre en un momento el otro día.
—¿Y lo recordabais?
—No todos los días se ve a una sirvienta albina —bromeó él, siendo alimentado nuevamente—. Ni tampoco con tal entrenamiento de sigilo.
Sari dejó escapar una leve sonrisa, lo que parecía poco habitual para ella.
—Fui entrenada en el arte del asesinato, soy una kunoichi, aunque actualmente sirvo como sirvienta en este lugar.
—¿Kunoichi? ¿Eres una ninja?
—Lo soy —asintió, sin dejar de cortar la comida y de alimentar a Laizen.
—¿Y por qué acabaste aquí?
—Mi clan se vio opacado por la realeza. Decidieron que no querían contratar a mujeres kunoichi y que les podían dar un mejor uso como sirvientas y protectoras.
—Lamento esa situación.
—No se preocupe, al menos tengo una cama mullida y buena comida. Aunque la princesa le haya ofrecido mi cuerpo, es la primera vez que ocurre. Hasta el día de hoy no tuve que preocuparme por algo como eso ni de ofrecer ese tipo de servicios. Aunque temo que la cosa cambie con la llegada de los héroes.
Aquello pareció molestar a Laizen, quien seguía comiendo al ritmo que ella le ofrecía un nuevo pedazo.
—¿Por qué no huimos?
—Esas cadenas que le colocaron están imbuidas en magia, no podrá romperlas de ninguna forma. Necesitamos la llave y la tiene el rey. Si le dejara escapar, los demás héroes lo alcanzarían y matarían tarde o temprano al no poder luchar correctamente. Lo mejor es que, de momento, se quede aquí. Lamento no poder hacer nada al respecto.
—Podríamos intentarlo, seguro encontramos a alguien que pueda romper estas cadenas, debe haber algún herrero capaz en el reino.
—Esas son cadenas reales, nadie en el reino se atreverá a hacerlo. Saben de dónde provienen y no tardarán en informar a los guardias para que os devuelvan al castillo, no es una opción.
—Pero..., ¿y si un héroe te reclama?
—No se preocupe, estoy preparada para lo que pueda ocurrir...
Eso dijo, pero su mirada triste negaba aquellas palabras.
—¿Puedo saber por qué me ayudas?
—Porque tenéis razón.
—¿Razón? ¿En qué?
—En todo lo que decís, opino igual que vos. Aunque no puedo oponerme a la realeza en este momento, solo terminaría muerta.
Él chasqueó su lengua, molesto por aquella situación.
Durante los siguientes veinte minutos, Laizen comió en silencio hasta que aquel plato quedó completamente limpio. Tas aquello, ella se levantó.
—Mañana le traeré agua y jabón para que pueda asearse.
—Lamento mi hedor.
—No espero que alguien que lleva tres días encerrado en una celda como esta huela a rosas y jazmín, tampoco me incomoda, pero por su salud...
—Te lo agradezco —intervino Laizen, dedicándole una leve sonrisa—. Te estaré esperando mañana.
—Vendré, no se preocupe, lo mantendré con vida hasta que exista una oportunidad de liberarlo. Solo espéreme.
Ella tomó la bandeja con las sobras y salió de aquella celda, cerrando la puerta a sus espaldas y Laizen se tumbó boca arriba, con el estómago lleno por primera vez en varios días, no tardó en dormirse.
Un sonido molesto despertó al joven, ya era de día, pero no era normal que hubiera tanto ruido en aquel lugar. Se escuchaban los gritos de un joven, estaba sufriendo y cada vez se escuchaban más y más cerca.
Laizen se levantó y se acercó a los barrotes. Entre tres guardias estaban arrastrando al semihumano del otro día, le habían dado una paliza y estaba dejando un rastro de sangre en el suelo.
Dos de los guardias eran bastante normales, el tercero era un tipo bastante más grande y fornido, parecía el jefe de los otros dos.
—¡Laizen! —gritó este, aporreando los barrotes de una celda cercana a la suya, haciéndolo rechinar con su espada—. ¡Despierta, dormilón, te traigo un regalo!
La actitud de aquel soldado le extrañó. Es cierto que él estaba encarcelado, pero estaba siendo demasiado grosero para estar tratando con un héroe.
Aquel grandullón llegó a la celda de Laizen y lo miró con desprecio, una risa burlona se dibujaba en su rostro.
—¡Toma, come! —bramó, a la vez que le ofrecía un plato de gachas de harina y una cuchara.
Laizen no tenía demasiada hambre, pero si aquellos soldados descubrían que había comido hacía poco, podría causarle problemas a Sari.
Él se acercó a los barrotes y, cuando estaba a punto de recibir un pequeño cuenco de madera lleno de gachas, el soldado lo dejó caer al suelo, salpicando las paredes y vaciándose por completo.
—¡Oh, vaya, se te ha caído! —se burló, a la vez que soltaba una tremenda carcajada—. ¡Mirad, chicos, está tan agotado que no es capaz de siquiera de tomar un plato entre sus manos!
Los dos soldados que lo acompañaban comenzaron a seguirle el juego y a reírse. Sin embargo, Laizen ignoró aquello.
—Si ya habéis acabado, os podéis largar.
Aquel grandullón hizo un gesto de desaprobación y escupió en el lugar en el que se había derramado la comida.
—Come.
Laizen negó con su cabeza.
—Antes me muero de hambre, basura.
—¡Oh, no! ¡No te mueras de hambre, por favor! —Aquel tipo seguía burlándose, siendo acompañado por los otros dos—. No te preocupes, hemos traído algo que seguramente te motivará.
En ese instante, los dos soldados que lo acompañaban arrastraron al semihumano del otro día y lo colocaron delante de Laizen.
—Observa esto, Laizen —sonrió el jefe del grupo, volteándose y aporreando con fuerza el estómago de aquel pobre infeliz, provocándole que vomitara sangre.
—¡Detente! —gritó Laizen, propinándole un cabezazo a los barrotes, provocando que se le abriera una brecha en la frente y comenzara a sangrar.
—Come —dijo nuevamente, señalándole el lugar donde yacían las gachas que este había escupido hacía unos segundos.
Laizen las miró con asco y volvió a dirigir su mirada a aquel soldado.
—Mete al chico en la celda, conmigo, y me las comeré.
—Oh, no, no. —Este extrajo una daga afilada de su cinturón—. Tú no das órdenes ni tampoco pones condiciones, come o le rajo la garganta.
Los ojos de Laizen se inyectaron en sangre.
—No me creo una mierda de lo que dices. Si quieres que coma es muy sencillo, abre la celda y haz entrar a ese chico aquí. No voy a moverme, puedes apuntar tu espada contra mí si es que me tienes miedo.
—¿Miedo? —El soldado bramó una poderosa risa y maniobró con maestría su daga, tras eso, volvió a apretarla contra el cuello del joven semihumano—. No has entendido nada, está bien, le rajaré la garganta y me iré, tú lo has querido.
—¡Espera! —Laizen se apresuró, tratando de evitar que aquel hombre cometa un asesinato innecesario—. Promételo.
Aquel guardia se acercó más a la celda.
—Te dije que tú no pones condiciones. Come o le rajo la garganta.
Laizen observó al pobre chico. Estaba en los huesos, se podía ver a simple vista que llevaba días sin comer. Este lloraba mientras sangre brotaba de su labio, boca, nariz, incluso de los ojos.
Apretó con fuerza su mandíbula y se agachó. Como no tenía opción de usar cubiertos, pues la posición de sus manos se lo hacían imposible, tuvo que usar su lengua, con lo que comenzó a comer aquellas gachas con asco. Sintió arcadas, no llevaba ni dos bocados y ya sentía que iba a vomitar.
Todos los soldados comenzaron a reírse de él.
—¡Ahora no eres tan prepotente! ¿Eh? —bramó uno de ellos.
—Te estás dejando la parte con más aliño. —dijo el otro, refiriéndose a donde estaba el escupitajo del grandullón.
Laizen notaba como la piel de su rostro estaba palideciendo. Aquellas gachas sabían a mierda, pareciera que las hubieran cocinado con agua sucia después de haber fregado el suelo. Era la primera vez que se veía humillado de aquella manera, pero una parte de él quería salvar a aquel chico.
No se merecía morir, no se merecía la paliza que le habían dado. Él simplemente cerró los ojos, bloqueó sus emociones y siguió comiendo del suelo.
Cuando prácticamente se lo había comido todo, el líder de ellos se puso a aplaudir.
—¡Magnífico! No hace falta que relamas el suelo, ya me he aburrido de esto.
Laizen, quien estaba arrodillado, alzó su mirada y observó a aquel tipo volver a desenvainar su daga.
—¿Qué haces?
—Soy un tipo de palabra. —sonrió—. No le rajaré la garganta.
En ese instante, apuñaló violentamente al semihumano en el centro del pecho y, mientras este chillaba de dolor, deslizó la daga hacia abajo, abriéndolo en canal hasta el área de la pelvis y todas sus vísceras y órganos internos se desparramaron frente a Laizen, quien quedó en estado de shock.
—Lo lamento, Laizen. —se disculpó aquel tipo, sin borrar la sonrisa de su rostro—. Recibí órdenes claras del rey; dale de comer y mata al demonio delante suyo, para que se vaya acostumbrando. Te dije que soy un tipo de palabra.
Laizen mantenía sus ojos bien abiertos mientras el cuerpo del aquel semihumano caía al suelo y se desangraba como un cerdo. Algo dentro suyo se quebró, una extraña energía oscura que nunca antes había sentido envolvió su cuerpo. Sorprendiendo a los guardias.
—Eres un hijo de puta. —insultó el chico—. Te voy a matar.
Aquella amenaza provocó que el guardia se echara a reír nuevamente.
—¿Vas a matarme? Y, ¿cómo lo vas a hacer?
Se escuchó un golpe sordo.
Seguidamente, el cuerpo de aquel soldado se desplomó en el suelo, cayendo sobre sus espaldas. Sus dos compañeros se apresuraron a comprobar su estado.
Una cuchara de madera le había atravesado el ojo derecho. Tal había sido la brutalidad y la fuerza con la que había sido arrojada que apenas se veía el culo del mango, la cuchara había penetrado en el cráneo del soldado hasta perforarle el cerebro. Había recibido una muerte inmediata.
Los dos soldados dirigieron su mirada a la celda, la imagen que vieron a continuación los marcó de por vida.
Laizen había agarrado aquellos gruesos barrotes de hierro mientras desprendía una oscura aura y sus ojos del color de la sangre resplandecían violentamente. Los barrotes de aquella celda habían comenzado a separarse levemente el uno del otro, deformándose.
—¿Por qué no os acercáis un poco? —balbuceó con la voz entrecortada, mientras restos de la asquerosa comida que aun tenía en la boca caía al suelo. —¿No os estabais riendo hasta hace un momento?—. Dicha proyección de poder y odio provocó que aquellos dos gritaran y comenzaran a correr, tratando de escapar de allí.
No tardaron ni veinte segundos en desaparecer de las mazmorras, fue en ese momento en el que Laizen se desplomó en el suelo y comenzó a vomitar todo lo que había comido. Fue tal la violencia de aquel vómito que hasta lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos. Aquel lugar había quedado completamente asqueroso, lleno de vómito, sangre y cadáveres.
Él, es aquel deplorable estado, se arrastró hasta el cadáver de aquel muchacho, jaló de él y le arrancó un colgante que este llevaba en su cuello. Después de eso, lo guardó en uno de sus bolsillos y se tumbó boca arriba, con la respiración entrecortada.
—Os mataré. —murmuró, antes de desmayarse—. Juro por mi vida que os mataré...
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