CAPÍTULO
1
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Dicen que los dioses nunca se equivocan, pero, ¿y si lo hicieran? ¿Y si una diosa arrogante convocara en su mundo a un héroe que pudiera hacer tambalear el equilibrio del mundo en contra de los deseos de ella?
Antara, como Diosa que era, no tenía conciencia de que semejante error pudiera llegar a ocurrir, sin embargo, allí estaba ella. Esperando a su último invitado.
El joven abrió los ojos lentamente, cegado, pues una intensa luz que casi le quemaba las retinas, más ardiente que un rayo de sol en verano. Obligándole a entrecerrar sus ojos y a llevarse una mano hacia ellos para cubrirlos, tratando de evitar recibir aquella luz de manera directa. Sin embargo, poco a poco esta fue perdiendo intensidad hasta revelar una sala de un blanco absoluto. No había puertas ni ventanas, al menos que este pudiera ver, tan solo un sofá de color dorado y con mullidos cojines de algodón y lino entre los que yacía sentada una extraña figura femenina, quien, al sentir su presencia, se levantó.
—Es un placer saludarte, Laizen. —dijo aquella hermosa mujer, vistiendo tan solo algo similar a un vestido del mismo color blanco marfil que la sala y con adornos dorados. También tenía algunas anillas doradas rodeando sus muslos, sandalias de ese mismo color y algunas joyas resplandecientes. Aquel vestido resaltaba su voluptuosa figura de forma espectacular, sobretodo su busto, dejando entrever un prominente escote.
Laizen se inquietó, observando a su alrededor, sin entender qué hacía allí.
—¿Quién eres? —preguntó—. No recuerdo haberte visto antes.
Ella sonrió y se sacudió su largo y ondulado cabello rubio.
—Soy la Diosa de este mundo, mi nombre es Antara.
—No recuerdo ningún culto a tu ser, tampoco que existiera Diosa alguna.
—En tu mundo no, Laizen. Pero en este, yo soy la ley, yo soy el orden, yo soy absoluta.
Laizen se llevó ambas manos hacia su cabello plateado y se lo peinó hacia atrás, tras eso, desenvainó sus dos enormes dagas.
—Lamento informarte de que se me hace difícil simpatizar con quien me ha secuestrado y dice ese tipo de barbaridades. ¡Probemos si realmente eres una Diosa!
Él pateó el suelo con fuerza y se proyectó desde su posición a gran velocidad, surcando más de diez metros de distancia de un solo salto, como si volara. Giró con ambas dagas, tomando fuerza centrífuga y lanzó una poderosa cuchillada giratoria a aquella mujer.
Ella simplemente levantó su mano izquierda, de la cual se formó un extraño círculo mágico de color dorado que repelió aquel ataque, sacudiendo a Laizen y lanzándolo contra el suelo. Este se levantó de un salto con extrema agilidad, dispuesto a volver a atacar, sin embargo, se escuchó un terrible ruido, un crujido metálico.
El joven dirigió su mirada hacia las dagas y observó como estas se rompieron en pedazos, como si fueran de cristal, desparramándose por el suelo.
—Imposible... —susurró, tratando de ocultar su asombro—. Sus armas eran especiales, estaban fabricadas con el metal más poderoso de su mundo. Sin embargo, no hizo falta más que un golpe del poder de aquella Diosa para quebrarlas en mil pedazos.
—Voy a dejar pasar esto por una única vez —advirtió la Diosa—. Pues entiendo que te encuentres confuso y desorientado, no obstante, tu siguiente ataque no será simplemente desviado, te aconsejo que no vuelvas a apuntar tus armas hacia mí.
Él sintió un intenso escalofrío en la parte posterior de su cuello.
Aquella mujer era peligrosa.
—No entiendo —negó con la cabeza—. ¿Una Diosa? Lo siento, pero no puedo creer algo como eso.
—Puedo comprenderte, Laizen, pero pronto comprobarás que lo que te digo es cierto. Has sido elegido para ser invocado como un héroe de mi mundo, Siegard. Mis queridos humanos están siendo invadidos por asquerosas criaturas, aberraciones, demonios. Tú deberás ayudarlos.
—¿Un héroe? Lo siento, pero no me interesa —La mirada del chico era desinteresada y parecía seguir buscando alguna puerta u otro lugar por el que escapar de aquel lugar.
—¿Por qué dices eso? Soy una Diosa, deberías de sentir gratitud porque te haya elegido. Tu misión será salvar a la humanidad, además de eso, serás bendecido con tres poderosas gracias que te ayudaran en tu viaje. Una vez completada tu misión, podrás vivir felizmente en este mundo siendo una importante figura de poder. Podrás tener tierras, criadas, mujeres, todo lo que quieras, ¿qué más podrías pedir?
—Quiero volver a mi mundo, mándame de vuelta. Si de verdad eres una Diosa, podrías hacer algo tan sencillo como eso.
—Eso no es tan fácil, he podido traerte aquí gracias a un ritual realizado desde mi mundo. Solo puedo enviarte a él, no puedo devolverte al tuyo.
Laizen suspiró.
—Estás mintiendo.
—Puedes pensar lo que quieras, jovencito —El tono de aquella mujer cambió, volviéndose imperioso y amenazante—. Pero jamás acuses a un Dios de decir mentiras, eso es típico de criaturas incompletas como los humanos. Nosotros no necesitamos realizar ese tipo de acciones engañosas, somos seres superiores.
—Lo que tú digas. Si has podido traerme aquí con un ritual, sin duda podré volver a mi mundo con otro tipo de ritual.
La Diosa sonrió, pero no respondió. Dándole a entender que posiblemente esa opción no fuera del todo descabellada.
—Tú céntrate en luchar por mis queridos humanos. Cuando los demonios y el líder de estos hayan sido aniquilados, yo misma te daré las indicaciones que debes seguir para dicho ritual.
Laizen bajó su cabeza y soltó un fuerte bufido.
—Lo que sea, dame esas bendiciones y envíame donde me tengas que enviar. Hay asuntos en mi mundo que aún debo tratar. Hagamos esto rápido.
—Veo que eres un tipo inteligente, me resultas ciertamente más interesante que los otros cinco.
—¿Cinco?
—Efectivamente —La diosa sonrió—. Seréis seis los héroes enviados. Tú eres el último de ellos.
La diosa chasqueó sus dedos y un extrañó sujeto apareció de la nada. Vestía con una túnica de color blanco que llegaba hasta el suelo, tapándole los pies. También iba encapuchado, ocultando su rostro. Entre sus manos portaba un pergamino extremadamente grueso, también de color blanco y con extrañas letras doradas e ininteligibles para Laizen que brillaban y parecían estar escribiéndose a medida que este sujeto caminaba hacia el centro de la sala.
—Este es mi Apóstol —Antara hizo un gesto con su mano, como si le diera paso a aquel nuevo individuo—. Él te hará entrega de tu arma sagrada, son irrompibles y siempre buscarán a su dueño. Trata de no perderlas, de todas formas, dudo que nadie sea tan idiota como para intentar robártelas, pues estas armas sagradas maldecirán a cualquiera que las empuñe que no sea su legítimo portador.
El Apóstol dejó aquel pergamino en el suelo, este comenzó a desenrollarse de forma mágica, por sí solo. Emitió un resplandor y desapareció, dejando en su lugar unas hermosas dagas de gran tamaño. Estas estaban enfundadas en sus respectivas vainas que iban a juego con ellas, parecían divinas, siendo de color blanco y dorado, como todo en aquel lugar.
Laizen se agachó y las tomó, sintió como vibraban en su mano.
—El enlace de las armas sagradas ha sido completado —informó la Diosa.
Laizen asintió con su cabeza. Se le pasó por un instante comprobar si de verdad eran irrompibles, atacando nuevamente a aquella Diosa y probar suerte en su intento por decapitarla. Pero si hacía eso, capaz no podría volver nunca a casa, o, aún peor, quizá aquella Diosa era realmente tan poderosa como para matarlo con un chasquido de dedos.
—La siguiente gracia será otorgada por mí —dijo Antara, dirigiendo su mano derecha al joven—. De entre todos los elementos, tú mayor compatibilidad es el viento, así que, en este mundo serás capaz de utilizar poderosa magia de viento.
La mano de la Diosa comenzó a emitir un intenso resplandor, al igual que había hecho el pergamino, sin embargo, el enlace comenzó a fallar. Se escucharon ruidos similares a chispazos y la mano de la Diosa comenzó a vibrar y a ser repelida.
—¿Qué ocurre? —se extrañó—. Esto no debería de estar pasando.
—¿Será porque yo ya tengo poderes de viento?
La Diosa observó con incredulidad al muchacho.
—¿Cómo que ya tienes poderes?
Laizen hizo un movimiento brusco con su brazo derecha, como si lo sacudiera en una dirección. Al hacer esto, se proyectó una poderosa ráfaga de viento que impactó en la Diosa y que mandó a volar al Apóstol por varios metros, sin embargo, este aterrizó con agilidad y se cubrió el rostro, algo molesto.
Antara abrió sus ojos como platos.
—Esto no es posible, ¿de qué mundo vienes?
—Pues del mío, ¿de qué mundo voy a venir?
Ella se llevó una mano a sus labios, dubitativa.
Aquello no era normal. Debía de haber invocado a seres humanos del Mundo Beta, el primer mundo creado por los Dioses.
—"¿No había nadie compatible allí? ¿He invocado a alguien de otro mundo?" —pensó ella, preocupada—. "De ser así, debo de haber interferido con otro Dios, esto no es bueno..."
—Oye —se molestó el joven—. ¿Qué ocurre?
—Nada —dijo ella, repitiendo el movimiento para otorgarle los poderes—. No es habitual que los héroes invocados ya tengan poderes, así que voy a fusionar mi bendición del viento con tu actual magia. No me hace gracia que tengas ventaja sobre los demás héroes, pero si no te entrego una gracia, es posible que tengas demasiados problemas y seas el más débil de todos, por favor, acepta esto.
La mano de la Diosa volvió a brillar, ella estaba preocupada. Si este último intento no funcionaba, ya no sabía qué podía hacer. Más importante, si él provenía de otro mundo bajo la jurisdicción de un Dios, debía de tener extremo cuidado. Si lo mataba, definitivamente desataría una batalla con aquel Dios, fuera quien fuese.
Ella volvió a sentir una desagradable vibración en su mano, sin embargo, a los pocos segundos se detuvo y el cuerpo de Laizen también brilló.
Lo había conseguido.
Ella suspiró con cierto alivio.
—Bien, al entregarte esta gracia, eres oficialmente un héroe —explicó—. Y también te ha sido entregada, junto con esta, una tercera gracia, aunque bueno, más bien es una característica de un solo uso.
Laizen, quien aún observaba cómo su cuerpo brillaba intensamente, hizo un sonido parecido a un gruñido, esperando que aquella mujer le diera explicaciones.
—Al ser invocado en mi mundo como un héroe, te ofrezco una característica única para tener a una compañera o compañero a tu lado. Alguien extremadamente poderoso, no tanto como un héroe, pero que, con su debido entrenamiento, podría alcanzar niveles similares.
—Te escucho —indicó él, quien parecía estar interesado por esa extraña habilidad.
—Una vez eyacules por primera vez, tu sustancia será absorbida por la persona con la que has mantenido relaciones. Por lo que es importante que no uses protección dicha primera vez. No te preocupes, eres inmune a todo tipo de enfermedades humanas, tu salud no peligrará.
—Espera un momento.
—Déjame terminar, Laizen, nuestra conversación ya se está alargando demasiado —intervino ella, dejándolo con la palabra en la boca—. Este poder es de un solo uso, si utilizas protección, perderás esa oportunidad. Lo mismo ocurrirá si te autocomplaces. Por lo que, trata de no desperdiciar tu primera semilla. Cuánto más poderosa sea la persona que elijas y mayor sea vuestro vínculo, más poderosa se volverá.
Se hizo un leve silencio que se alargó por varios segundos.
—¿Ya puedo hablar?
—Sí, pregunta lo que quieras, pero que sea rápido. Tengo que enviarte ya.
—¿Qué mierda de poder es ese? —se molestó—. ¿No había algo más desagradable? ¿Eres tú quien se ha inventado algo como eso?
Él dijo aquello con una mueca de desprecio, la cual fue devuelta por Antara.
—¿Qué problema tienes? Te estoy dando la oportunidad de crear a un poderoso soldado que te apoye en tu misión. Y tiene todo el sentido del mundo que sea de esta forma.
—Nada tiene sentido desde que hemos comenzado nuestra conversación.
—Mira, si no tienes más dudas, nuestra charla ha terminado —Ella chasqueó sus dedos y un enorme círculo mágico apareció a los pies del joven. Este pareció comenzar a succionar el cuerpo de Laizen, enviándolo al plano terrenal.
—¡Oye, espera! —Se quejó, tratando de luchar contra aquello, sin embargo, más de la mitad de su cuerpo ya había sido engullido.
—Ha sido suficiente, cumple con tu misión y volveré a llamarte para darte detalles sobre cómo volver a tu mundo. Te deseo suerte, Laizen, cuida de mis hermosos humanos. Adiós.
Laizen apenas tenía la mitad de su cabeza para aquel instante, viendo borroso mientras la Diosa pronunciaba sus últimas palabras de despedida. Tras eso, todo se volvió de color negro.
Él sintió como si cayera, pero a muy lenta velocidad. Como si hubiera caído al mar y, poco a poco, se fuera hundiendo hasta lo más profundo de este, descendiendo lentamente. Solo que, en su situación, no había agua que lo mojara ni tampoco que le impidiera respirar. De repente, comenzó a sentirse muy cansado, sus párpados le pesaban como si jalaran de ellos hacia abajo y, de un momento a otro, perdió el conocimiento.