CAPÍTULO
2
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Laizen entreabrió sus ojos, otra vez. Una parte de él no quería despertar, aún no, pero sentía como si una fuerza externa lo obligara a hacerlo en contra su voluntad.
Se encontraba de pie en una sala, esta vez con muy poca luz, casi a oscuras y sobre un altar. Estaba completamente rodeado por personas que vestían túnicas de color morado con detalles plateados, salvo uno de ellos, quien parecía presidir aquella asamblea, quien tenía sus bordados dorados. Este también parecía el mayor de todos los allí presentes, dando la impresión de tener setenta u ochenta años.
Laizen observó a su alrededor con cierto desprecio a aquellas personas, no le gustaba encontrarse en algo parecido a un culto satánico, aunque más bien era lo contrario, había sido invocado al igual que se invoca a un demonio, pero siendo este un héroe para ellos.
—Señor héroe... —murmuró aquel anciano, ofreciéndole una leve reverencia solo con su cabeza—. Ya temíamos que hubiera habido algún problema con su llegada.
Él continuó observando aquella sala, en una de las paredes había una gigantesca pintura en la que podía observar a la Diosa y a seis individuos que parecían representar a los seis héroes. Todos ellos estaban asesinando a criaturas humanoides, supuso que eran los demonios.
Algo que le llamó la atención era que, en la parte inferior de esta pintura, había letras o algo que parecían ser letras, sin embargo, Laizen opinaba que se parecían más a algún tipo de runas. Estaban en otro idioma, sin embargo, él podía entender a aquellas personas.
—Tuve mis contratiempos —dijo finalmente.
El anciano le dedicó una mirada de admiración mientras se apartaba del centro de la sala.
—Por favor, sígame, le llevaré ante el rey. Los demás héroes lo están esperando.
Él saltó desde aquella plataforma, situada a más de dos metros de altura y aterrizó con agilidad y ligereza entre aquellos tipos, ignorándolos y siguiendo al anciano.
Cuando salieron de allí, Laizen se dio cuenta de que estaban en un piso inferior, pues las paredes y el suelo eran rocosos y tenían humedad y moho creciendo de estos. Sin embargo, tras poco menos de dos minutos caminando, subieron una escaleras que llevaban al piso principal, donde las paredes parecían lujosas con estampados morados y rojos y el suelo era de mármol. Era tan reluciente y liso que casi podía ver su reflejo a la perfección, como si se tratara de un espejo.
Caminaron por unos pasillos hasta llegar a la sala del trono. Aquel lugar estaba presidido por cuatro personas, una de ellas era el rey; un hombre en sus cuarenta años, con cabello largo de color oscuro y la barba corta y perfilada. A su lado estaba sentada una mujer que debería de tener unos veinte años, una edad próxima a la de Laizen. Esto en primera instancia lo extrañó, pues no imaginaba que el rey tuviera a una esposa que podría perfectamente tener veinte o treinta años menos que él, por lo que dedujo que posiblemente se tratara de su hija.
Esta chica tenía una mirada divertida y que emitía cierta seducción, parecía que estaba analizando detenidamente a todos los héroes. Ella tenía el cabello castaño oscuro y recogido en un moño al lado izquierdo de su cabeza, sus ojos eran de un intenso color dorado, similares a los del los del rey. Definitivamente, eran padre e hija.
Al contrario que el rey, que sí llevaba una túnica morada con bordados dorados, la chica llevaba algo más parecido a un kimono amarillo con una falda corta y medias altas de color negro.
Al lado de cada uno de ellos había una persona más, el rey estaba acompañado de un caballero veterano con armadura completa de color negro. Esta también tenía detalles dorados y el emblema de la realeza; un águila con plumas doradas.
Al lado de la chica, yacía erguido un mayordomo de avanzada edad y rasgos afilados. Laizen no entendió el motivo, pero entre los cuatro sujetos, ese último es el que más respeto le imponía.
Delante de ellos, había cinco chicos, todos de una edad próxima a los veinte años, los cinco héroes que ya habían sido invocados.
Laizen caminó hacia ellos, sin ofrecer sus respetos al rey o a la princesa y se colocó al lado del que tenía más cerca.
—Un gusto conocerle, héroe —saludó el rey, tratando de ocultar su molestia—. ¿Cuál es su nombre?
—Laizen —respondió este, prestando más atención a los otros héroes que al propio rey.
Los héroes también miraban al recién llegado, incrédulos por la falta de modales que este presentaba nada más llegar, pues todos ellos habían ofrecido una reverencia y sus respetos al rey nada más pisar aquella sala.
—Bueno. —prosiguió el rey—. Antes de nada, bienvenidos a Nagertia, la capital de Siegard —este dijo aquellas palabras levantándose de su trono y abriéndose de brazos, como si tuviera aquella escena ensayada—. Mi nombre es Bertón y soy su rey, la que está a mi izquierda es mi amada hija; Nayori, ella los estará evaluando. Ustedes han sido invocados como héroes de este mundo con la finalidad de eliminar a la raza de los demonios y a sus líderes. Pues vuestras fuerzas son necesarias para afrontar a estas aberraciones de la naturaleza que secuestran y se comen a nuestros hijos y seres queridos.
Tras aquellas palabras, el rey hizo un gesto de dolor sobreactuado, llevándose una mano al pecho y cerrando el puño con fuerza.
No tardaron ni cinco segundos en aparecer un par de guardias armados por una de las puertas laterales, quienes arrastraban a un ser encadenado.
Los gruñidos y rugidos de aquella cosa alarmó a los héroes, quienes se voltearon rápidamente para observar aquello. Una criatura humanoide con orejas que nacían en lo alto de su cabeza y se fusionaban con su cabello, colmillos afilados, garras y una cola felina. Aquello era una extraña fusión de un humano con un gato o algo parecido.
Los guardias caminaron hasta quedar frente a los héroes y arrojaron contra el suelo a aquella criatura.
—¡Un demonio! —bramó el rey, señalando aquella pobre criatura que solo trataba de pelear por no ser ahorcado por las gruesas cadenas que lo amarraban—. Así es como ellos se ven, hay de diferentes tipos, pero si tienen orejas y cola, son parte de esa maldita raza comehumanos.
El rey bajo una escaleras que había frente al trono y se colocó frente a los héroes.
—Vuestro objetivo es que no quede ni uno de ellos. ¿Quién de vosotros será el primero en matar a uno? —Él dirigió su mirada a los héroes, uno por uno. Esperando al más valiente de ellos.
—Yo lo haré —asintió un chico de cabello corto y negro, dando un paso al frente y desenvainando su espada sagrada.
—¡Uh! El héroe de la espada. Haces honor a tu título, pues el héroe de la espada siempre tiende a ser caballeroso, valiente y decidido. ¿Cuál es tu nombre?
—Me llamo Ken —Respondió este, orgulloso por aquellas palabras que le había regalado el rey.
—Bien, Ken, todo tuyo —sonrió.
—Espera — intervino Laizen.
El rey lo observó con curiosidad.
—No tengas prisa, joven héroe de las dagas, pronto será tu turno.
—No es eso, ¿puedo saber qué ha hecho este tipo para que vayáis a sentenciarlo a muerte?
—¿Que qué ha hecho? ¡Es un demonio! ¡Existir es un pecado que la Diosa no puede permitir!
Laizen se cruzó de brazos.
—Disculpa mi desconocimiento, pero, ¿no ha creado vuestra Diosa a todas las criaturas de este mundo?
—¡No, no! —gritó el rey—. ¡Para nada! Estos demonios son rechazados por la Diosa. Fueron creados por algún tipo de aberración y solo traen caos y desgracia a nuestras tierras. Habitándolas como si fueran suyas, construyendo aldeas en los bosques y cazando a los nuestros como si fuéramos ganado para ellos.
—¡No es cierto! —chilló aquel semihumano, dirigiéndole una mirada de odio al rey—. ¡Nosotros no comemos ni matamos humanos!
— ¡Mentiras! —bramó el rey, haciendo sonar su poderosa voz por toda aquella sala —¡Mi amada mujer, la difunta reina Ferya fue asesinada por uno de los vuestros! ¡Habéis matado a cientos, no, miles de humanos!
—¡Solo nos defendemos de vuestros ataques! —gritó nuevamente el semihumano.
Pero aquel fue su último grito, pues el caballero negro que acompañaba al rey le dio un puñetazo tan fuerte y le saltó más de media docena de dientes, estrellándolo contra aquel resistente suelo de mármol y dejando un charco de sangre bajo su cabeza.
Tras aquella escena, Ken, el héroe de la espada, chasqueó su lengua y le dirigió una mirada de desaprobación a Laizen.
—Ya te vale, con ese golpe muy posiblemente lo ha matado.
—¿Acaso eres un psicópata? —preguntó Laizen, incrédulo al ver la actitud de aquel chico.
—¡Hemos sido invocados en un mundo de magia, es como un videojuego! ¡Qué más da!
—¿Un qué? —se extrañó nuevamente Laizen, al no comprender aquella palabra.
—¡Silenció! —vociferó aquel gigante de armadura oscura, dirigiéndose a los dos héroes. Segundos después, el rey suspiró y volvió a hablar.
—Bueno, no importa, mataréis a muchos de estos fuera de la ciudad, así que no os preocupéis. Escuchadme bien; existen cuatro generales del líder de los Demonios..., detesto llamarlo "rey" pues rey solo hay uno y ese soy yo. Pero podemos dirigirnos a él como "monarca" —Mientras Bertón decía aquellas palabras, todos los héroes escuchaban en silencio—. Despejad los bosques y las montañas, también los pantanos y las cuevas. Destruid cualquier tipo de posible linaje, acabad con guerreros, mujeres y niños. No dejéis a nadie con vida y, cuando hayáis derrotado a algún general de los Demonios, venid a informarme.
Los cinco héroes dijeron un "sí" al unísono, todos menos Laizen, quien se rascaba el interior de su oreja con el dedo meñique.
—Bien, imagino que todos conocéis vuestro poder de potenciar a una mujer para que os acompañe en vuestras aventuras. Mi hija, Nayori, es una formidable guerrera. Ella os ha estado evaluando y, con el transcurso de los días, elegirá a uno de vosotros para que sea el afortunado en yacer con ella, por lo que, hasta dicho momento. Os pediré que no mantengáis relaciones, ni siquiera debéis de daros placer a vosotros mismos. Solo serán unos días, tened paciencia.
Aquellas palabras parecieron provocar una agradable reacción en aquellos cinco héroes, quienes dirigieron miradas provocativas y lascivas a aquella hermosa princesa.
—No hará falta nada de eso, padre, ya he decidido —Ella finalmente habló. Su voz era dulce y femenina, atractiva e inocente. La princesa se levantó y observó a los seis héroes.
—¿Ya, hija mía? ¿Tan rápido?
—No ha sido difícil, entre ellos hay uno que me llama demasiado la atención —Nayori sonrió con dulzura y bajó las escaleras, acercándose a ellos hasta colocarse frente a Laizen, cuyo físico alto y musculado destacaba demasiado de los otros héroes—. Tú serás mi pareja; Laizen, héroe de las dagas.
Aquella declaración provocó una terrible oleada de envidia entre los otros cinco héroes, que ya se estaban relamiendo al observar el caminar de aquella dama.
Sin embargo, Laizen la miró de arriba a abajo con cierto desdén.
—Paso—dijo finalmente, provocando un terrible gesto de desagrado en el rey—. No voy a ir acompañado de una perra con malas intenciones.
—¡Ultraje! —vociferó Bertón, sintiéndose terriblemente insultado—. ¡Guardias!
Alrededor de veinte soldados armados rodearon a Laizen, apuntándolo con sus lanzas. Este los observó con pereza, desinteresado.
—Laizen —comenzó a hablar el rey—. Esto que acabas de hacer está castigado por pena de muerte. Ofender de esta forma a la princesa..., es imperdonable. Sin embargo, soy un rey digno y misericordioso. Por lo que serás encerrado en las mazmorras hasta que cambies tu actitud.
—¿Actitud? —se molestó el joven—. Estáis intentando limpiar este mundo de seres humanoides a los que hacéis llamar demonios. No tenéis ni la más remota idea de cómo es un demonio, del daño real que estos llegan a ser. Vivís en paz y queréis realizar un genocidio. Como rey, dejáis mucho que desear.
Bertón tensó la mandíbula con fuerza y las venas cercanas a sus ojos se hincharon, también se puso rojo, pareciera que fuera a estallar.
—Encerradlo y atadle las manos para que no pueda tomar sus armas. Lo dejaremos unos días en las mazmorras, a ver si recapacita un poco.
Varias lanzas rozaron el cuello de Laizen, quien suspiró con pesadez y ofreció sus muñecas para que lo maniataran. Podía tratar de hacer frente a aquellos soldados, pero tampoco pensaba que esa fuera una buena forma de salir de allí. Además, aún sentía cierta pesadez en su cuerpo debido a su reciente invocación. Ya había notado que sus fuerzas parecían mermadas cuando trató de golpear a la Diosa y justo en ese momento, aún se encontraba más debilitado que antes. Sin embargo, él tenía sus propios valores.
Laizen había enfrentado a verdaderos demonios en su mundo original, aquello que acababa de ver ser humillado y desdentado de un solo puñetazo no era un demonio, era un pobre medio-humano, en su mundo, se hacían llamar Zagules. No era peligroso, no era agresivo y no tenía pinta de comer humanos.
El rey estaba equivocado, o eso o es un genocida empedernido que simplemente quiere aniquilar toda una raza, lamentablemente, todo parecía apuntar a esto último.
La mirada de Laizen se fue apagando mientras sellaban sus cadenas con un grueso candado y lo empujaban, guiándolo hacia su celda.
—"No importa" —pensó Laizen para sus adentros—. "Pasaré unos días descansando en una celda, lejos de todo esto y, cuando me recupere, saldré y veré lo que hago".