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El Herdero del Viento - Libro 1




CAPÍTULO

3



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Ya había pasado medio día desde que Laizen fue enviado a las mazmorras del castillo. Se encontraba en el piso inferior, cerca de donde había sido invocado, pero en el ala este de aquel lugar.

Las cadenas con las que lo habían atado pesaban varias decenas de kilos y no se habían molestado en quitárselas. Por raro que pareciera, las mazmorras estaban vacías. No había nadie allí, ni siquiera guardias. Seguramente lo hubieran llevado a una zona aislada.

La celda era espaciosa, casi como una habitación de una casa convencional y tenía una pequeña ventana en la parte superior, si es que a aquello se le podía llamar ventana. Más bien era un agujero de unos veinte centímetros de alto y cuarenta de largo, con forma semicircular y con varios barrotes de hierro oxidados, de los cuales Laizen se cuestionó su finalidad, pues nadie podría caber por aquel espacio. No podía ver el sol ni la luna, pero aquel agujero le era suficiente como para saber si era de día o de noche.

El olor a moho y humedad impregnaba todo aquel lugar, era asfixiante, tanto que, a las horas de estar allí, a una persona normal ya le costaría respirar. Pero a él no le importaba, había estado en peores situaciones, mucho peores.

Laizen tomó una sábana sucia que parecía llevar años dentro de aquella celda, hizo una almohada con ella y se tumbó en aquel lugar, con su cabeza apoyada en dicha almohada improvisada.

Sin mucho interés en escapar de allí, él simplemente cerró sus ojos y procedió a dormirse un rato. Su cabeza aún daba vueltas por la reciente invocación, además, se sentía débil. Por lo que pensó que, solo tal vez, durmiendo un rato recuperaría parte de sus fuerzas.

Pasaron varias horas. Logró dormirse un rato, sin embargo, cuando despertó aún entraba luz por aquellas rendijas.

—Laizen... —Un susurro, casi imperceptible. Sin embargo, el profundo silencio de aquel lugar se rompía simplemente con que una gota de la humedad que cubría aquellas paredes de piedra, cayera al suelo.

Él ignoró aquella voz, pero esta insistió nuevamente, llamándolo por su nombre. Era un tono femenino y esta vez no fue un susurro, como parecía al principio, pues allí no había nadie. Era una voz interior, algo que parecía nacer de su propia cabeza.

Laizen, sin llegar a comprender aquello, miró a su alrededor con pereza y no vio a nadie.

—Laizen —Nuevamente aquella voz. Tres veces seguidas no podía ser mera casualidad, por lo que, esta vez, el joven respondió.

—¿Qué? —murmuró, tratando de no llamar la atención de los guardias.

—¿Me escuchas?

—Eso parece.

—Soy Antara, tengo una fuerte conexión con este castillo y, a diferencia de otros lugares, puedo ver todo lo que ocurre aquí. Mis poderes han sido mermados tras haberos invocado, no podré mantener mi conexión contigo durante más de unos minutos.

Él asintió, aunque no sabía si ella realmente podía verlo en aquel oscuro lugar.

—¿Qué quieres?

—¿Cómo que qué quiero? ¿Qué se supone que estás haciendo? Creía que habíamos llegado a un acuerdo.

—Me dijiste que os ayudara a matar demonios, he visto cómo han tratado a aquel pobre chico. Eso no era un demonio, me has engañado.

—¿A qué te refieres? —Su tono parecía alterado—. Son demonios, son criaturas humanoides, pero no son humanos. Son salvajes, híbridos, ¡aberraciones!

—Creo que no tenemos la misma opinión sobre qué es un demonio o una aberración —suspiró, cerrando sus ojos y apoyando la cabeza en aquella húmeda y mohosa pared.

—¡Laizen! Entonces, ¿qué pretendes? ¿Vas a quedarte ahí sentado, pudriéndote en esas mazmorras?

—Aún no lo he decidido.

—Laizen, por favor, recapacita. Te dije que una vez derrotadas las fuerzas de los demonios, iba a ofrecerte toda la información posible para que puedas volver a tu mundo. Pero, si no colaboras con los demás héroes y no pones de tu parte, no tendré otra opción que olvidarme de ti.

—Créeme, no te conviene tenerme en tu mundo en malos términos —amenazó este, proyectando una fría y peligrosa mirada, haciendo brillar sus ojos rojos, como si desafiara a alguien, aunque realmente se perdió en la oscuridad de aquel lugar—. Podría acabar con todos esos héroes y con todo el reino yo solo.

—¡No seas tan prepotente! —se molestó, aumentando su tono—. Pronto recibirás una visita por parte de la princesa, dile que te arrepientes de tus palabras y que colaborarás con el exterminio de la raza de los demonios.

—Cada vez que los llamas demonios, me siento profundamente insultado —Como si estuviera teniendo una conversación con alguien en frente suyo, Laizen se levantó y se imaginó que tenia a aquella Diosa delante de sus narices—. En mi mundo existían demonios reales, de los que cazan humanos y los devoran. De los que asaltan aldeas y destruyen familias enteras. Demonios inmortales que regeneran sus extremidades perdidas y que solo pueden ser asesinados o bien cortándoles el cuello o bien exponiéndolos al fuego o al hielo hasta destruirlos. Aunque hay veces que ni siquiera eso es suficiente...

Tras aquellas palabras, él hizo una pausa y tensó su mandíbula, molesto por aquella situación.

—Laizen...

—Lo que vi el día de hoy no era un demonio, era un semihumano. Conviví con ellos en mi anterior mundo, para mí son nuestros iguales. Tenía compañeros semihumanos que me ayudaban en la caza de verdaderos demonios, ¿qué mierda me estás pidiendo que haga? ¡Estáis todos mal de la cabeza!

La Diosa, por primera vez, no respondió. Se quedó en absoluto silencio, meditando su respuesta.

—Lamento haber cometido el error de invocarte —Fue su primera disculpa, no solo con Laizen, posiblemente fue la primera disculpa sincera que ella ofreció en toda su existencia—. Todas las invocaciones siempre han sido del mismo mundo, no sé exactamente el motivo por el que fuiste invocado tú. Te prometo hacer todo lo posible por llevarte de vuelta, pero, por favor, colabora con mis humanos. Ayúdalos.

Laizen sonrió con malicia.

—Suplica todo lo que quieras, Diosa, pero no voy a ayudar a ese rey de mierda —Él se dirigió a los barrotes de la celda y los agarró con fuerza, sintiendo el óxido en sus manos y sonriendo como un poseído—. De momento voy a quedarme aquí, necesito pensar. Si no es para darme información sobre el ritual de regreso, no vuelvas a molestarme.

Nuevamente, un largo silencio inundó aquel lugar. Antara no esperaba que un humano osara tener aquel tipo de actitud con un ser superior como ella.

—Ya veo —dijo, finalmente—. Has abandonado toda esperanza... Muy bien, si eso es lo que quieres, eso es lo que tendrás. No volveré a contactarte, tardaré meses en recuperarme, esta fue tu última oportunidad en este tiempo. Piénsatelo bien, Laizen.

Fue la última vez que escuchó su voz, pasaron varios minutos en los que el chico se mantuvo allí, de pie, observando la profunda oscuridad de aquel lugar, hasta que, finalmente, volvió a tumbarse en aquel suelo frío y mojado.


Habían pasado varias horas desde su conversación con la Diosa, la humedad de aquel lugar, aparte de fría y maloliente, provocaba crujidos constante en los barrotes de las celdas y en los taburetes que estaban en el pasillo para que los guardias los usaran. Laizen estaba acostumbrado a dormir en lugares peores que ese, pero aquello sumado al ruido que le llegaba constantemente por la ventanilla le hacía imposible conciliar el sueño.

—"Ya me acostumbraré" —pensaba, sin tratar de darle mucha importancia—. "Solo espero que, en mi mundo, todos puedan sobrevivir durante mi ausencia... Maldita sea..."

Sin embargo, hubo algo que alteró sus sentidos en ese momento, el olor a comida. Por la hora que era, posiblemente las cocineras del castillo estarían preparando la cena.

Laizen no recordaba cuándo fue la última vez que había comido, había sido en su mundo, pero no lo recordaba..., había muchas cosas que había comenzado a olvidar. ¿Dónde había estado aquella mañana? ¿Qué había desayunado? ¿Qué estuvo haciendo el día anterior? Es como si hubiera una gran brecha en su memoria que se extendía por varios días, semanas incluso. Recordaba nítidamente su vida, su día a día, sus antiguos amigos y compañeros, pero era incapaz de recordar cuándo los vio por última vez y aquello le molestaba.

Otro olor se mezcló con el de la comida, un olor atractivo, dulce, cautivador. Lo recordaba, lo había olido hacía un rato, justo cuando la princesa se había acercado a él para declarar abiertamente delante de todo el mundo que quería tener sexo.

—"Esa estúpida..." —pensó, levantándose del suelo y acercándose a los barrotes.

A través de las sombras que proyectaban las antorchas de las paredes, pudo ver como alguien caminaba de forma animada hacia su celda.

Nayori se dejó ver y caminó animadamente hacia aquellos barrotes, demostrando que no tenía ningún tipo de miedo del peligroso héroe.

—¿Dormiste bien? —preguntó, dirigiéndole una mirada mitad compasiva, mitad burlona. Él no respondió—. No quiero que creas que estoy molesta por lo de antes, he venido en son de paz. Quiero decir, obviamente me ofendiste cuando me insultaste, pero me gustaría que comenzáramos de cero.

—He dormido en sitios peores.

—Eso no lo dudo —sonrió, enterneciendo su mirada—. ¿Sabes? Supe desde el primer momento en el que te vi, cruzando la puerta que daba a la sala del trono, que eras especial, incluso entre los héroes.

—No me compares con tipos como esos, hasta un ciego se daría cuenta de algo así.

—¡Wow! —admiró ella, inclinándose hacia él—. Incluso en tu situación eres tan grosero. Me gusta esa parte de ti.

—Créeme que podría matarte incluso estando aquí dentro, si estás hablando es porque yo lo permito.

—No me digas esas cosas aquí, podría dejarme poseer en cualquier momento.

—Sigue soñando, princesita.

En ese momento, alguien a sus espaldas carraspeó la garganta.

Un sudor frío recorrió la espalda de Laizen, una sensación terriblemente desagradable que no había sentido en mucho tiempo.

Había una mujer vestida con traje de sirvienta detrás de Nayori.

—"¿En qué momento ha llegado esa mujer ahí?" —se impactó él, abriendo sus ojos de par en par—. "Espera, espera, espera. ¿Es esto acaso una broma? ¿Alguien con mis capacidades no ha sido capaz de sentir su presencia? No vi su sombra reflejada, no la olí, no..." —Laizen sonrió con complacencia—. Así que hay gente como tú en este mundo...

Nayori lo observó con curiosidad.

—¿Cómo yo? —preguntó ella, dándose por aludida.

—Señorita —habló la sirvienta a sus espaldas—. Creo que se refiere a mi albinismo, quizá en su mundo hay pocos como él —Su voz era fría como el hielo, combinando a la perfección con sus ojos azul claro como un mar helado. Su cabello listo estaba recogido a la altura de su espalda alta, varios mechones caían por sus costados, dándole un aspecto más similar al de una princesa guerrera que al de una empleada. Pero ella no era una simple sirvienta del castillo, tenía toda la pinta de ser una guardiana de Nayori.

Laizen recordó que Nayori iba acompañada anteriormente de un mayordomo que imponía más respeto que cualquiera en aquella sala. ¿Será ella su aprendiz?

Él dirigió por un instante su mirada a la mujer albina, ella lo miraba con sus ojos bien abiertos, como advirtiéndole de que ella acababa de corregirlo con aquella excusa del albinismo. Laizen captó el mensaje a medias, sin embargo, había muchas cosas que este aún no entendía.

—¿Te gusta mi sirvienta personal? —sonrió Nayori—. Si me aceptas como tu pareja, una vez hayamos realizado el acto por primera vez, puedo prestártela tanto como quieras. Tiene buenos atributos —Entonces, la princesa se acercó a ella y le agarró los senos por encima de la ropa—. ¿No te apetece?

La sirvienta no parecía inmutarse, sin embargo su mirada era un agujero negro, un vacío de emociones.

—Déjala ya, no me vas a convencer así.

—¡Qué mal! ¿No te atrae la idea de tener a dos mujeres como nosotras a tu lado?

Laizen chasqueó la lengua, incómodo por aquella situación.

—Si eso era lo que querías, ya puedes irte.

—Espera, no seas tan antipático —Nayori le sonrió nuevamente, pareciendo que todo aquello solo era un juego para ella—. Quería hablar contigo, quiero conocer tus motivos.

—¿Motivos de qué?

—Pues tus motivos por los que no quieres ayudarnos y por qué has intentado salvar antes a aquel demonio.

—Qué pesadilla... —Laizen se quejaba, pues apenas hacía un momento había tenido ese tipo de conversación con la Diosa y sabía que no iba a sacar nada de aquella conversación. Sin embargo, tenía una voz interior que le decía que lo hiciera, pues allí no solo estaba Nayori. La otra mujer, aunque inexpresiva, parecía estar prestando atención a cada una de sus palabras. — Bien, eso que vi en la sala del trono no era un demonio, era un semihumano.

—¿Qué diferencia hay?

—Claramente nunca has visto a un demonio de verdad.

—¿Hay otro tipo de demonio? Ilústrame.

—Demonios, criaturas que superan a los humanos en poder e inteligencia. Poderosas, capaces de despedazar a un hombre fornido de un solo zarpazo. Inmortales, sádicos... Nada de lo que te he dicho aquí describe al pobre chico al que el caballero de negro rompió la mandíbula de un solo golpe cuando solo estaba pidiendo piedad.

Hubo silencio, la mirada de Nayori se había puesto seria por primera vez en toda aquella conversación.

—¿Qué tipo de cuentos te han contado? —dijo finalmente, tratando de hacer creer a Laizen que eso que había descrito no existía.

—Si hubieras vivido en mi mundo, los hubieras visto. Creo que vivís muy cómodamente aquí y que lo que buscáis es la supremacía de vuestra raza. A nivel personal, me repugna.

—Esas criaturas a las que llamas semihumanos son aberraciones. Nosotros fuimos creados por la Diosa, ellos no. La Diosa nos quiere en su mundo y a ellos no, ¿es tan difícil de entender?

—Lo siento, pero no soy un jardinero al que puedas decirle que arranque todas las flores amarillas de un jardín y solo deje las rojas. No voy a ayudaros.

Nayori asintió.

—Eres demasiado testarudo, Laizen. Tienes la opción de estar conmigo, una princesa. En tu vida podrías optar a una mejor mujer con una posición similar. También te ofrezco sirvientes, esclavas sexuales para todo lo que quieras, una vida llena de lujos. Solo tienes que...

—Traicionar mis principios —Este negó con su cabeza, sonrió con condescendencia y se separó de los barrotes, dándole la espalda—. Prefiero pudrirme aquí dentro.

—Con tu ayuda o sin ella, que exterminemos a esa raza es algo inevitable.

—Por eso estás aquí, suplicándome que te posea —atacó Laizen, comenzando a emitir un vendaval que empujó a ambas muchachas contra los barrotes de la celda que tenían a sus espaldas.

Una corriente de viento similar a un tornado pero en menor escala se creó, siendo Laizen el ojo de este viento huracanado.

—¿¡Qué demonios!? —Nayori cubrió sus ojos, molesta por aquel viento—. ¿Qué haces?

—No me vuelvas a molestar —sentenció, sin detener aquel viento—. Me pones de mal humor.

La sirvienta tomó a la princesa por su cintura y dio un salto para alejarse de aquella celda, apartándola del vendaval. Este se detuvo cuando ambas desaparecieron de su vista.

Nayori, quien había terminado de rodillas, se recompuso y se sacudió la falda y las medias.

—Está bien, Laizen. Si eso es lo que quieres, te pudrirás aquí dentro. No me digas que no te lo advertí, Sari, vámonos.

Ambas se fueron, dejando nuevamente a Laizen completamente solo con sus pensamientos.

—Así que esto es de lo que soy capaz actualmente... —suspiró él, apretando sus puños—. Sigo estando débil, no entiendo la razón. Debería de ser más poderoso según dijo la Diosa, pero mi poder no está ni en el veinte por ciento de lo que era... ¿Tendrá algo que ver los poderes que ella me dio? Quizá todavía los estoy dirigiendo..., eso me preocupa —Él bajó sus manos y observó con pesadez la pared que daba al exterior—. ¿Qué debería hacer?...

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