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Pasiones Demoníacas


CAPÍTULO

1

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En el interior de una cueva olvidada, siempre oscura y silenciosa, una mujer caballero se arrastraba por el suelo, dejando un charco de sangre a sus pies.

No estaba herida, la sangre brotaba únicamente de sus orificios naturales; boca, nariz, orejas, ojos... Sangre oscura y densa como aceite negro se desparramaba por el suelo rocoso y húmedo de aquel lugar.

Si no fuera por su anterior posición; la General del Ejército de Liberación, en otras palabras, posiblemente la mujer más fuerte del mundo, seguramente hubiera muerto hacía ya mucho.

Sus manos temblaban mientras trepaba por una estatua de mármol negro del tamaño y forma de un humano. A sus pies, una inscripción anunciaba: «Aquí yace Saruzaki, antiguo Rey de las Sombras».

La mujer trepó hasta poder ponerse de pie, frente a la estatua de aquel ser humanoide, de cabello largo y puntiagudo y sonrisa afilada.

—Aquí estás... —balbuceó, con sus ojos prácticamente en blanco, anunciando que no tardaría en perder el conocimiento.

Ella extrajo una pequeña ampolla de cristal de su bolsillo con un liquido de color violeta intenso. Era veneno, un frasco de veneno del propio Saruzaki, embotellado hacía cientos de años.

La mujer caballero lo abrió y vertió directamente el contenido de aquel frasco en la boca de la estructura de mármol. Parte de este se derramó, curiosamente solo pareció comenzar a consumir el suelo de roca de aquel lugar, resbalando por la estatua, como si esta fuera inmune.

Tras aquello, ella se volvió a dejar caer a los pies de aquella figura, apoyando su cabeza en ella y mirando al suelo, rezando para que funcionara.

Pasaron unos pocos segundos hasta que, finalmente, se escuchó un crujido. Ella levantó su cabeza rápidamente y pudo observar como aquel mármol negro comenzaba a desvanecerse, como si fuera niebla. Desde la cabeza, aquella estatua comenzó a tomar vida. Fue cuestión de un instante que todo su cuerpo volviera a ser de carne y hueso. Él la observó desde arriba, con una clara mirada de superioridad y una sonrisa afilada.

—Me encontraste, mujer —Él se abrió de brazos, balanceando su capa negra con detalles morados—. ¿Qué tenemos aquí? ¿Te han maldito?

—Por favor... —dijo ella, si poder detener la hemorragia de sus orificios—. Sálveme, se lo suplico.

El rey de las sombras se agachó para observar de cerca el rostro de aquella mujer y apartó su cabellera dorada de su rostro. Se la veía sucia y moribunda. Además, el color de su piel había pasado de un hermoso rosado a un pálido gris lleno de manchas negras.

—Siento que esta maldición es muy poderosa —murmuró él, analizando cuidadosamente a la muchacha, además de intentando detectar posibles causas gracias a su poder mágico—. Es imposible revertir el efecto, es más, te quedan pocos minutos de vida.

Ella apretó sus dientes con impotencia al escuchar aquellas palabras.

—Por favor, señor Saruzaki, sé que sois capaz de hacer algo... Sois mi última esperanza... —Aquellas palabras hicieron sonreír al demonio.

—Estás en lo correcto, yo soy capaz de cualquier cosa. Sin embargo, ¿por qué quieres vivir, mujer?

—Fui engañada... utilizada... —farfulló, apretando sus dientes, llena de frustración—. Serví al ejército pensando que luchaba por la paz y la libertad cuando solo estaban buscando poseer la raíz de todo mal. Fui maldita a causa de esto y desechada como basura... Quiero otra oportunidad, quiero pelear...

Saruzaki se levantó y se cruzó de brazos, observándola con determinación.

—Si te salvo, me servirás hasta la muerte. ¿Te parece bien? ¿Servirás al señor del inframundo?

—Lo haré —declaró sin titubeos, posando su puño derecho encima de su corazón, mostrando que estaba haciendo una promesa de caballero—. Lo juro, si me salváis, lo serviré con total dedicación. Tenéis mi palabra.

—Bien —En ese momento, él levantó un puño y lo apretó con fuerza, clavándose sus propias uñas y comenzando a hacer brotar sangre de su mano. Esta sangre comenzó a caer encima del cabello de la mujer caballero—. Bebe de mi sangre, hazlo hasta que yo te indique lo contrario.

Ella obedeció, alzando su rostro y abriendo la boca, dejando que esta se llenara de la sangre del demonio. No lo dudó ni un instante cuando comenzó a tragársela, sabía que ella ya estaba muerta, que no le quedaban más de unos minutos. Si era capaz de salvar su vida haciendo esto, realmente el precio que estaba pagando era realmente bajo.

Tras unos segundos, él dejó de sangrar y retiró su mano, la cual se había regenerado completamente.

—Con eso está bien. Ahora, duérmete, cuando despiertes serás otra.

—¿Otra?... —La mirada de la mujer comenzó a nublarse, como si hubiera sido drogada. Sin embargo, notó como su cuerpo había dejado de dolerle, aunque desconocía si era por algún efecto sedante de la sangre que había ingerido o se debía a que estaba muriendo. Tampoco le dio tiempo a pensar mucho más, pues perdió el conocimiento de forma inmediata.



Ella se encontraba arrodillada ante Zegor, una de las Nueve Espadas de Limbia. Todo se veía nubloso, como si el escenario de aquel lugar no estuviera completo y una bruma rosada interfiriese en su visión.

Zegor, un chico de alta estatura y cabello anaranjado y alocado que le daba el aspecto de un joven tigre, dirigió su mirada hacia el obispo, alguien de avanzada edad que vestía una sotana dorada, a diferencia de las sotanas blancas que llevaban todos los otros trabajadores de la iglesia. Este hombre no tenía un solo cabello en su cabeza, pero sí que lucía un bigote castaño, fino y perfilado, que parecía haber sido peinado y sujetado con algún tipo de fijador de cabello.

—Anasia; la general de nuestro ejército, ha sido maldita, eminencia. La traje lo más rápido que pude —informó Zegor, mirando a la mujer con preocupación.

—¿La tocaste? —se preocupó el obispo, observando con cuidado las manos del caballero.

—No, señor, ella vino voluntariamente.

—¿Voluntariamente? —intervino ella, agobiada, sin comprender por qué el obispo la miraba de una manera tan fría y despreocupada—. Vais a ayudarme, ¿verdad?

El obispo chasqueó su lengua y negó levemente con su cabeza.

—Anasia... la general de nuestro ejército... ¿No dicen que eres la mujer más fuerte del mundo? —El obispo suspiró, negando con su cabeza—. Es una lástima..., una verdadera lástima. Estuviste cerca de convertirte en una de las Nueve Espadas. Lamentablemente la situación en la que te has visto envuelta es algo contra lo que no podemos pelear; pues es nada más que la maldición del Dios Oscuro lo te ha atacado. Solo ataca a aquellos débiles de espíritu, por lo que significa que no eres válida para el puesto de general —El obispo se acercó a ella, mirándola con condescendencia—. Zegor, acaba con su sufrimiento, córtale la cabeza antes de que la maldición se extienda.

—Señor... —murmuró el caballero—. ¿Está seguro de esto?

—¿Osas cuestionar una orden de Dios?

Zegor apretó sus dientes con molestia a la vez que Anasia chasqueaba su lengua.

—¿Dios? —preguntó ella, soltando una pequeña risa—. ¿Te haces llamar a ti mismo Dios?

—Anasia, detente —trató de intervenir el caballero, siendo ignorado por la general.

—He servido fielmente al ejército de liberación durante más de cinco años, he ascendido hasta poder liderarlo con mi esfuerzo y mi poder. ¿Osáis decir que soy débil de espíritu? ¿Que mi vida ya no es útil?

—¡Silencio, mujer! —gritó el obispo—. ¿Qué vas a saber tú? Mi palabra es la palabra de Dios, fui su elegido, por eso mi sangre es blanca como su mismísima luz. ¡Arrodíllate y muere con honor!

—¡Ni hablar! —vociferó ella, desenvainando su espada y apuntándola hacia él—. Si queréis matarme, moriré encantada después de luchar por mi vida.

—Ya tuve suficiente. Zegor, mátala.

El caballero obedeció, respondiendo con su gigante mandoble.

—Lo lamento, Anasia, solo cumplo órdenes...

Ambos cruzaron sus espadas y comenzó un intenso combate, sin embargo, la bruma consumió por completo aquellas imágenes. Ella sentía emocionalmente todo lo que estaba sucediendo en aquellas escenas, la emoción, la tensión, la rabia, su corazón acelerado... Sin embargo, aquellas palabras no estaban saliendo de su boca en ese momento, pareciera como si todo estuviera pasando por delante de sus ojos como meros recuerdos.

La siguiente escena que pudo ver fue la de ella misma corriendo por un bosque. Recordaba perfectamente qué había ocurrido después de eso. Ella logró lacerarle un brazo a Zegor, asesinó a varios guardias y logró huir. Sin embargo, para cuando quiso darse cuenta, el obispo había desaparecido.

Entonces, ella recordó que, de pequeña, su padre le contó historias sobre un demonio conocido como el Rey del Inframundo, o el Rey de las Sombras. Alguien que era inmortal y capaz de sanar cualquier herida, enfermedad o maldición. Sin embargo, el paradero de dicho demonio era desconocido, la única información que se sabía era que yacía en el interior de una montaña, convertido en piedra debido a una maldición.

Saruzaki era inmortal, o al menos eso decían. Alguien capaz de resistir cualquier herida letal, capaz de regenerarse y de no envejecer. Pero eso no era todo, antaño, él era alguien que contaba con ocho fieles sirvientes, todos de un poder devastador, estos eran conocidos como «Las Ocho Patas de la Araña».

En su día, Saruzaki entregó un frasco de su veneno curativo a cada una de estas patas. Por alguna razón, las patas fueron asesinadas y se lograron recuperar seis frascos de este veneno.

La iglesia estuvo investigando con él, pero, hasta el momento, no se había dado público ningún tipo de resultado, aunque es de conocimiento popular que estos frascos permanecían bajo custodio de la iglesia, pues este veneno podía llegar a ser capaz de devolver a Saruzaki a la vida.

Anasia no dudó ni un solo segundo, se apresuró a la sacristía de la catedral y buscó apresurada el frasco de veneno de Saruzaki. Allí halló los dos frascos, uno se lo guardó y otro lo arrojó contra el suelo. Este comenzó a emitir un desagradable humo a la vez que consumía el suelo como si fuera ácido.

Ella era fuerte, tanto como para hacer frente a varias de las Nueve Espadas, la guardia de élite de la iglesia de Limbia. Pero cada vez se sentía más débil a causa de dicha maldición, que ya hacía una semana que se había manifestado.

El color de su piel había palidecido, volviéndose casi de color gris y manchas negras habían comenzado a aparecer en diferentes zonas de su piel. Sus ojos permanecían eternamente inyectados en sangre y comenzó a tener sangrados en nariz y boca a partir del quinto día.

Anasia huyó, huyó todo lo lejos posible en busca de la montaña en la que Saruzaki podía estar sellado, sin embargo, no tardó mucho en encontrarlo.

Al sur del continente, existía un lugar llamado la Montaña de la Putrefacción. Un lugar donde la vegetación no crecía, todo parecía estar contaminado, sin embargo, ni la iglesia ni el gobierno se molestaron en investigar. Siempre ignoraban toda clase de comentarios sobre esta zona y se limitaban a alegar: "Nadie debería acercarse a ese lugar". Y razón no les faltaba, pues cualquiera que osara poner un solo pie en aquella montaña resultaba letalmente envenenado.

Sin embargo, Anasia sabía la razón de ello. Saruzaki era reconocido como un Dios arácnido, capaz de utilizar hilos de araña de diferentes tipos, así como veneno. Una montaña podrida y un lugar que se extendía varias hectáreas del que ni el gobierno ni la iglesia quería dar detalles... Lo revelaban todo sin decir una sola palabra...

Su destino era aquel lugar, y debía llegar cuanto antes, al menos, si quería seguir con vida...

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