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Pasiones Demoníacas

CAPÍTULO

1.5

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Ella abrió sus ojos, estos le pesaban como si dos sogas tiraran de ellos hacia abajo. Aquel sueño parecía haberla alterado de algún u otro modo, pues su corazón latía más rápido que de costumbre. Sabía que había estado soñando, y que todo quedó en el pasado, pero aquello había sido más pesado e intenso que un simple sueño. Se levantó, notó que yacía en un lugar duro y poco confortable, cuando desvió su mirada hacia abajo se dio cuenta de que estaba sobre un suelo de tierra y piedras, aunque aquel que la había llevado hasta allí parecía haber tenido la delicadeza de hacerle una pequeña almohada con hierba verde.

—Despertaste —dijo Saruzaki, aterrizando de un salto, al parecer estaba subido a un árbol y llevaba varias frutas en una de sus manos—. ¿Tienes hambre? Aquí hay melocotones.

—¿Melocotones? —se extrañó Anasia, observando a su alrededor—. ¿No estamos en la Montaña de la Putrefacción?

—¿Eh? —El joven le devolvió una mirada de desdén, como si aquella pregunta le pareciera inoportuna—. ¿Para qué? Allí no crece nada en los árboles y tenía hambre, llevo varios siglos sin comer, así que te cargué hasta aquí.

—¿Hasta dónde? ¿Cuánto tiempo he dormido?

—Casi medio día.

—¿Medio... día?

—Sí, y no sé hacia qué dirección caminé, pero debemos de estar a unos treinta o cuarenta kilómetros de la montaña.

—Eso... es una barbaridad... Realmente sois alguien verdaderamente fuerte, mi armadura por sí sola ya pesa más de veinte kilos.

—No es nada, puedo levantar varios árboles con una sola mano —En ese instante él apretó su bíceps y comenzó a juguetear con él, como si lo hubiera echado de menos.

Anasia, quien aún estaba algo desorientada, se levantó y observó detenidamente el cuerpo de aquel demonio. Se veía como un humano, solo que sus uñas eran negras, sus ojos dorados y afilados y sus caninos bastante desarrollados y afilados. Solo llevaba puestos unos pantalones negros y anchos junto con una capa abierta por la parte delantera, dejando a relucir un cuerpo bronceado y extremadamente musculoso. Anasia no dudó ni un instante de que Saruzaki no se estaba jactando, él podría derrumbar edificios y asolar ciudades con su poder, cargar con ella durante unas horas no le debió de suponer esfuerzo alguno.

—Disculpe...

—Dime.

—No quiero molestarlo, pero ya que me dio de beber su sangre y me curó, yo asumiré mi promesa y lo seguiré allá donde vaya, sirviéndole y cumpliendo cualquiera de sus órdenes. Sin embargo, es cierto que me gustaría saber varias cosas, si es que me lo permite.

—Claro, pregunta lo que quieras.

—¿Qué sois exactamente? En la actualidad se os conoce como el Rey del Inframundo, el Señor de las Sombras y el Antiguo Rey Demonio. Pero apenas hay información detallada sobre estos títulos. ¿Sois un demonio? ¿Qué soy yo ahora?

En ese momento, algo similar a humo comenzó a salir del cerebro de Saruzaki, quien no estaba acostumbrado a responder tantas preguntas.

—Creo que te viniste un poco arriba con tantas preguntas, ya me olvidé de la mitad, pero bueno, es comprensible teniendo en cuenta que acabo de convertirte...

—Lamento mi curiosidad, si soy una molestia, puedo mantenerme callada —En ese momento, a modo de tregua, Saruzaki le acercó uno de aquellos melocotones a la boca. Ella lo tomó entre sus manos y le dio un pequeño mordisco.

—No te preocupes —Él le sonrió a la vez que tomaba uno de aquellos melocotones y le daba una gran dentellada, prácticamente devorando la mitad de este—. Lo primero a lo que te responderé es que no sé si soy un demonio. Quiero decir, nací en un cuerpo humano y fui criado por una araña gigante. Desconozco si ella era un demonio o no, pero era capaz de adoptar forma de una humana. Sé que no era mi madre, pero actuó como tal.

—¿Ella fue quien lo convirtió?

—Bebí su sangre, si eso es lo que quieres saber. Pero no solo eso, sé que también fui amamantado por ella. No llegué a conocer a mi madre biológica, tomé tanto de su material biológico que terminé convirtiéndome en lo que soy ahora.

—¿Recuerdas su nombre?

—Han pasado varios siglos, pero nunca lo olvidaré, ella se llamaba Ayvis.

—Ayvis... tengo conciencia de ese nombre. Se la catalogó como a un Rey Demonio hace varios milenios. Sin embargo, desapareció mucho antes de lo que tú me estás contando.

—Es posible que simplemente decidiera desaparecer al ojo humano. Nunca llegué a relacionarme con la sociedad humana y ella tampoco me explicó nunca que fue un Rey Demonio, sin embargo, dudo que eso sea relevante.

—Lo es, maestro. Si ella fue un Rey Demonio está claro que vos sois su heredero. Es por eso que lo llaman Rey Demonio o Rey del Inframundo.

—Puede que sea por eso. Además, durante mi anterior reinado, asolé varios países humanos. Supongo que por eso terminé siendo el malo en los libros de historia —Aquella declaración carente de resentimiento, odio o arrepentimiento hizo que Anasia tragara saliva.

—¿Puedo preguntar por qué? —La mirada de la guerrera mostraba un gran interés en las palabras de aquel que acababa de conocer, tanto que no podía dejar de observarlo.

—Levanté un castillo y proclamé como mío un territorio que no pertenecía a nadie. Cierto rey me visitó un día, exigiéndome una enorme cantidad de dinero por aquel lugar. Me dijo que era suyo y que edifiqué sin su permiso. Yo le ofrecí todo el oro que me pidió a cambio de la compra de ese territorio y se fue, pero aquel bastardo me engañó. No me dio la propiedad y, meses después, vino reclamándome un segundo pago, además de algo llamado impuestos. Me enfadé y le arranqué un brazo, se ve que era alguien importante y me declararon la guerra —Mientras explicaba aquello, Saruzaki se había cruzado de brazos y sonreía con nostalgia. Aún recordaba la cara de terror de aquel hombre cuando este le laceró el brazo con un solo movimiento—. La guerra me sonrió durante varias décadas, sin embargo, cosas ocurrieron. Circunstancias que me llevaron a ser sellado en la cueva donde me encontraste. Pero no te voy a aburrir con mi pasado. ¿Cómo te llamas?

—Anasia —respondió ella, con la mirada fija en aquel chico, de aspecto joven pero con varios siglos a sus espaldas. Sentía un enorme interés por conocer más sobre él.

—¿Anasia? No me gusta ese nombre, me recuerda a la realeza.

—A mi tampoco me apasiona. Sin embargo, puesto a que he servido como paladín del ejército de liberación y se me nombró como la mujer más fuerte del ejército, se me otorgó el apodo de Titania.

—Titania... no quiero usar un nombre que te fue otorgado por mis enemigos. Yo te daré un nuevo nombre —Anasia sonrió y cerró sus ojos con cierta complacencia.

—Hágalo, por favor. Usaré con orgullo el nombre que me dé y firmaré con él mis triunfos y conquistas.

—¡Esa es la actitud! —bramó Saruzaki, dando una poderosa palmada—. Puesto que serás la primera de mis ocho patas, serás conocida como la general entre mis miembros. Tú serás aquella con más poder y quiero que todos te respeten y te teman. Tanto dentro como fuera de mi nación. Tu nombre será Kumori, la Paladín Negra.

La mujer sonrió, motivada por aquel nuevo nombre.

—Seré Kumori a partir de este mismo momento, mi señor Saruzaki. Prometo no defraudarle —Ella se arrodilló frente a su amo y posó su mano derecha en su pecho a modo de promesa de caballero—. Por cierto, ¿cómo debería referirme a usted? ¿Rey Demonio? ¿Señor Oscuro? ¿Maestro?

—Maestro o señor está bien, aunque también puedes llamarme Saruzaki, cualquier me vale, no soy muy tiquismiquis con esas cordialidades.

—Se lo agradezco, será mi maestro entonces.

—Bien. Voy a despojarte de esas sucias ropas y el emblema del ejército de liberación a partir de ahora —Él hizo un gesto con su mano y una gran cantidad de miasma de color negro emergió de esta, envolviendo por completo el cuerpo de Kumori, quien simplemente cerró sus ojos, esperando a que ocurriera aquello que su señor quisiera.

Segundos después, cuando ella abrió sus ojos y el miasma se disipó, se encontró con una armadura completamente diferente a la suya.

Portaba equipada una armadura de color negro azabache. Con unos guanteletes que cubrían por completo sus manos y unas hombreras robustas y afiladas. También su pechera era negra y vestía un vestido ceñido de la cintura pero ancho en las caderas, todo de color negro y gris oscuro, dándole el aspecto de un verdadero general del ejército del Rey Demonio.

En el momento en el que ella se observó detalladamente, también se cercioró de que su cabello había cambiado de color debido a su transformación de hacía un rato, perdiendo su particular color dorado y volviéndose completamente blanco.

—Este aspecto... realmente me resulta imponente —dijo ella finalmente, dedicándole una sincera sonrisa de agradecimiento a Saruzaki—. Creo que me veo mucho mejor que antes, ¿cómo me veis?

—Opino lo mismo, ahora te ves como mi verdadera mano derecha. Por cierto, hay otros aspectos típicos de los humanos que también has perdido debido a tu conversión —Levantó su dedo índice, comenzando a enumerarlos—. El primero es que tu voluntad va ligada a la mía. Si te doy una orden y me desobedeces comenzarás a padecer jaqueca, esta no se irá hasta que yo te haya perdonado. Si me desobedeces constantemente puedes terminar enloqueciendo.

—No se preocupe, no lo haré.

—La segunda —Él levantó otro dedo—. Poseo un poder de fuego capaz de asesinar a cualquiera de mis súbditos en apenas unos segundos. Ser inmortal no te exime de servirme. Si siento que una de mis Patas trama algo contra mí o intenta escapar de mi voluntad, la asesinaré sin miramientos

—De acuerdo, eso no me preocupa en lo absoluto, maestro, no tengo intención de traicionaros.

—Tercera —Saruzaki continuó levantando un tercer dedo—. Has perdido necesidades humanas, entre ellas, no produces deshechos. Por lo que no tendrás orina, heces, lagañas, cera en los oídos, piel muerta o mal olor. Es un punto bastante interesante. Deberías de haber visto mi cara cuando mi madre adoptiva me explicó que los humanos cagan. No me lo podía creer.

Aquello que parecía una broma pero que en realidad albergaba toda la inocencia de alguien que realmente nunca recordaba haber defecado hizo estallar en carcajadas a Kumori. Su risa se alargó tanto que se tapó la boca delicadamente con una de sus manos, avergonzada.

—Lo lamento, no esperaba esas palabras. La verdad es que me sorprendió... Entonces, ¿no tendré necesidades primarias?

—Necesitarás comer y beber, eso sí. Pero tu cuerpo es capaz de desintoxicarse por sí mismo. Aún así, no hace falta que comas y bebas normalmente, basta con comer una vez a la semana y beber un par de tragos al día —En ese momento, él se llevó una mano a la barbilla y se la rascó, tratando de recordar detalles que podrían ser de utilidad—. Tampoco necesitas dormir más que un par de siestas a la semana y tu cuerpo tampoco engordará por mucho que comas.

—Supongo que vos tampoco habéis perdido vuestra forma en estos quinientos años. Cualquier ser vivo, sea humano o criatura, necesitaría por lo menos alimentarse debidamente para poder conservar un mínimo de forma. Sin embargo, parece que este tiempo no haya surgido ningún tipo de efecto en su cuerpo.

—Eso es diferente. —atajó Saruzaki—. Al sellarme, es como si hubieran detenido por completo el tiempo en mi cuerpo. Es como si me hubieran transportado a otra dimensión, hubieran pasado unos pocos segundos y, al volver a esta, esos pocos segundos en realidad hayan sido quinientos años en este mundo. Mi cuerpo se ha mantenido en un completo estado de congelación, aunque sí que es posible adelgazar. Nuestras células siempre buscaran mantenerse en el estado óptimo de nuestro cuerpo. Todos los cuerpos son diferentes, por lo que es posible que algunas Patas sean más delgadas y otras más atléticas. Otro detalle... —Saruzaki volvió a cruzarse de brazos—. Es que no podemos enfermar y que serás inmune a prácticamente cualquier veneno. Aparte de eso, creo que no hay nada más que necesites saber...

—¿Qué debería tener en cuenta sobre estos poderes? ¿Qué soy capaz de hacer aparte de lo que me ha dicho?

—¿En cuenta? —Saruzaki miró hacia arriba mientras ladeaba su cabeza—. Poderes... Un detalle que debes tener en cuenta es que no podemos morir de una forma convencional. Vosotras, las Patas de la Araña, dependéis plenamente de vuestras propias habilidades de regeneración. Cuánto más fuertes seáis, mejor será dicha regeneración. Mis capacidades son tales que soy inmortal, sin embargo, dudo que tú lo seas.

—¿Entonces? ¿Moriré si me atraviesan el corazón?

—No lo creo, mis anteriores Patas solo podían morir si les arrancaban la cabeza y luego la quemaban. La cabeza es lo único que el cuerpo no puede regenerar, por lo que debes volver a unirla a tu cuerpo. Si no la unes en un cierto tiempo, también puedes morir. Aunque, si la incineran, es seguro que morirás, debes vigilar con eso.

—Es una información muy valiosa, mi señor Saruzaki, por favor, cuénteme más al respecto. ¿De cuánto tiempo dispongo en caso de perder la cabeza?

—Ni idea —Él subió y bajó sus hombros, mostrando total desconocimiento sobre aquella importante pregunta—. Eso depende también de cada uno. Si fueras muy débil, quizá dispondrías de entre cinco y diez minutos para unirla. Si eres lo suficiente fuerte, puede que aguantases dos o tres días. Es un espacio de tiempo demasiado aleatorio como para que pueda ayudarte con eso, yo me preocuparía más de no perderla.

—Con esa información es más que suficiente. Gracias por tomarse su tiempo, maestro —Kumori bajó levemente su cabeza y mostró agradecimiento—. Usaré sabiamente todos estos conocimientos y los comunicaré a nuestras venideras compañeras. Por favor, déjemelo a mí. No necesitará volver a repetir esto que me ha explicado.

—Te lo agradezco, Kumori. Por cierto, ¿eres una espadachín, verdad?

—Así es.

—La armadura negra que te he entregado no es una armadura normal. Se llama Armadura de la Bestia Nocturna, el material del que está hecha perteneció a un monstruo de los abismos del mundo, es irrompible. Además, no lo has notado porque yo soy inmune, pero te otorga una aura que ejerce presión a tu alrededor. Dicha presión es equivalente al poder de su portadora, por lo que nunca reclutes a alguien que se ponga a vomitar o se desmaye al verte. Será una señal de que no son válidos para pertenecer a nuestro equipo.

—No soy merecedora de tal obsequio, le garantizo que le daré buen uso. No dude en pedírmela de vuelta si cree que hay alguien que pueda darle mejor utilidad.

—No. Estoy seguro de que tú lo harás bien. Como eres dada al arte de la espada, te entregaré otro regalo —Saruzaki giró la palma de su mano izquierda y de esta emergió nuevamente un denso miasma de color negro. Introdujo en dicho miasma si mano derecha y comenzó a extraer una extraña espada de allí.

—¿Eso es?...

—Con el mismo material del que está creada tu armadura se forjó esta katana —anunció él, desenvainándola y mostrándole a la paladín una katana con el filo negro azabache y franjas moradas—. Esta katana es capaz de desgarrar el mismísimo viento y, si aprendes las habilidades pertinentes, podrás asesinar a cualquier ser vivo de un solo corte superficial. Pues su hoja puede ser imbuida con el veneno de su portador. El arma definitiva para cualquier espadachín, la Katana del Abismo.

—Eso... es demasiado para mí, por favor, no hace falta que me entregue esa espada.

—Te confiaré mis dos objetos más preciados. Yo no soy de usar armas en combate, prefiero confiar en mis puños y mi magia. Por lo que, si no la usas tú, de momento no la usará nadie. Quiero que seas mi mano derecha, la persona más confiable para mí, así que quiero que portes también esta espada.

—Si ese es su deseo, la aceptaré de buen grado. De verdad, muchas gracias por su confianza, no le fallaré.

—Confío en que así será. Ahora bien, ya hemos terminado, así que... —Este se estiró completamente, haciendo crujir los huesos de su columna vertebral—. Vayamos a mi castillo, ¿dónde está?

Aquella inocente pregunta fue acompañada de un largo silencio por parte de Kumori, quien se mordió la lengua con cierta impotencia.

—¿Mi... castillo? —repitió Saruzaki, sonriendo a su compañera.

—Lo destruyeron, mi señor.

No hubo respuesta, más que una mirada perdida por parte del demonio, quien tardó varios segundos en asimilarlo.

—¿Des...truido?

—Destruido.

—¿Todo?

—Absolutamente.

Saruzaki se dejó caer al suelo con la cabeza baja, mostrando una tremenda depresión.

—¿Señor?

—¿Quién fue el responsable?

—Pues, en mayor medida el ejército de Limbia. Una vez fue sellado, saquearon todo lo que encontraron de valor y lo tiraron abajo.

—¡Esos malditos infelices! ¡Me robaron mis...! —Saruzaki dejó escapar un gruñido de dolor solo para segundos después volver a levantarse y sacudirse los pantalones.

—Kumori.

—Dígame.

—Necesito un castillo, ¿sabes construir castillos?

—Mucho me temo que la construcción no es uno de mis fuertes. Pero puedo ayudarle a conseguir un constructor de castillos y que le construya uno.

—Eso estaría bien, necesito uno que esté hecho de una piedra irrompible.

—Desconozco la existencia de algo así, salvo la armadura y espada que me acabáis de entregar. Además, si queremos a un constructor, como os he dicho, puedo ayudarle a reclutarlo, pero necesitaremos dinero para comprar piedra de buena calidad y todo lo que necesite para el castillo, a no ser que quiera que lo tomemos por la fuerza, eso depende de usted.

—No quiero armar un desastre nada más llegar. Desconozco el poder actual del ejército y qué posibles luchadores tengan bajo su manga. Quisiera pasar lo más desapercibido posible, al menos de momento... Y también quiero encontrar un buen lugar para construirlo, alejado de otros países y donde pueda estar tranquilo.

—¿No desea acabar con Limbia y con el ejército de liberación?

—Sí, pero no tengo razón alguna para declarar abiertamente la guerra a todos los humanos. Ya pasé por algo parecido hace un tiempo, quisiera tener un poco de tranquilidad y acabar con esos tipos desde las sombras —Kumori sonrió al escuchar aquello, pareciera que se relamiese los labios tan solo en pensar en el hecho de ir asesinando a las espadas del ejército de liberación una por una, con sus propias manos.

—Me parece una gran idea, entonces, ¿por dónde empezamos?

—Necesito reclutar más arañas, ¿tienes conocimiento de alguien poderosa? Tiene que ser sí o sí una mujer.

—¿Una mujer? Conozco a varios tipos fuertes, pero todos pertenecen al ejército... —Ella se llevó una mano a sus labios, tratando de recordar algún rumor que hubiera escuchado en las últimas semanas—. Conozco... la existencia de una mujer dragón en las tierras del este.

—¿Una mujer dragón, o una dragón hembra?

—Es una Terian del tipo Draconis.

—¿Tiene cuerpo humano entonces?

—Así es.

—Me sirve, llévame hacia ella.

—Como desee, aunque estamos a varios días de camino.

—Me gusta andar, ¿dónde está el este?

—En esa dirección —Kumori señaló hacia su derecha, acto seguido, Saruzaki comenzó a caminar sin darse el lujo de perder más tiempo.

—Así que una mujer dragón... —sonrió, observando al horizonte. Apenas se habían alejado un par de kilómetros de la montaña en la que este había sido sellado.

Tenía por delante un largo camino hasta llegar a las tierras del este, conocidas también como el Páramo de los reptiles. Un lugar lleno de Terians del tipo reptil, demasiado peligroso para que los humanos normales osaran poner un pie allí, ni siquiera las Nueve Espadas del Ejército de Liberación se atrevía a molestar a aquellas criaturas. Sin embargo, allí donde todos veían un peligro mortal, Saruzaki veía una gran oportunidad

"Necesito encontrar a mis anteriores compañeras lo antes posible. Desconozco el paradero de mis antiguas ocho Patas, es posible que el vínculo se haya roto debido a que fui sellado. Sin embargo, si las encuentro, sin duda podré reclutarlas de nuevo. Solo me molesta la existencia de Dhemit, sabía que reclutar a un hombre iba a traerme problemas. Si vuelvo a verle la cara, lo mataré".

—Señor Saruzaki.

—Dime.

—¿Puedo saber por qué solo quiere reclutar a mujeres? Siento curiosidad.

—No confío en los hombres —gruñó, viniéndose a la mente el rostro de aquel desgraciado que antaño lo traicionó—. Tuve malas experiencias con ellos.

—Las mujeres no son mejores en ese aspecto, si le sirve de consejo.

—Lo sé, pero a las mujeres las puedo enamorar y complacer. A un hombre... preferiría no hacer eso—. Su rostro palideció, como si hubiera imaginado algo realmente desagradable para sus preferencias sexuales.

—Entendido, me encargaré de ello.

"¿Se encargará?" —Se extrañó Saruzaki, sin terminar de entender aquella última declaración. Sin embargo, no pareció importarle demasiado, ya había notado que aquella mujer se había auto sometido a él por voluntad propia y que parecía querer cumplir todas sus expectativas, por muy altas que estas fueran.

Aquellos pensamientos hicieron sonreír al demonio, casi sin darse cuenta.

"Aún no la he visto en acción, pero puedo percibir su inmenso poder. Esta humana debe de ser muy fuerte, es una verdadera suerte que la hayan maldito y que terminase acudiendo a mí. Quizá es el destino, o algún tipo de dios dándome una nueva oportunidad. Sea lo que fuere, no me importa, voy a aprovecharlo. Pienso volver a resurgir de entre las sombras y tomaré el control de aquellos que me traicionaron, preparaos..." —Entonces, el demonio mostró su enorme sonrisa de colmillos afilados a la vez que sus ojos emitían un intenso resplandor dorado—. "Saruzaki ha vuelto".


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